El factor humano en los sistemas productivos

Autor
Marcos Gallacher
Medio
Aapresid
Mes/Año
Junio de 2026
Marcos Gallacher

Comprender la economía de la empresa implica "ir más allá del margen bruto" y de las planillas de cálculo.

Los sistemas de producción agrícola pueden ser clasificados en dos grandes grupos: (a) “estáticos” y (b) “dinámicos”. Los primeros se caracterizan por un escaso influjo de nuevas tecnologías. En éstos existen protocolos o reglas conocidas para decidir: “lo mejor es que el cultivo X siga al Z en la rotación”; “se recomienda utilizar 120 kg por ha de urea”; “en maíz la densidad de siembra debe apuntar a unas 60.000 plantas por hectárea”. El punto por remarcar es que en los sistemas estáticos no hay lugar para la duda, pues para cada situación hay “recetas” bien establecidas que funcionan adecuadamente, o al menos suficientemente bien.

En contraste con lo anterior, en los sistemas dinámicos, la aparición constante de nuevas tecnologías requiere replantear protocolos existentes: tipo de semillas, nivel de fertilización, fecha de siembra, secuencia de cultivos y hasta modelos de negocio y organización de la empresa. En los sistemas dinámicos siempre existen desequilibrios (oportunidades de rentas) que demandan adaptación. Pero algunos agricultores velozmente detectan estas oportunidades y ajustan el uso de recursos, mientras que otros no lo hacen o lo hacen con demoras.

Lo anterior fue señalado hace tiempo por T. W. Schultz, economista agrícola de la Universidad de Chicago y Premio Nobel. En efecto, en su célebre obra Transforming Traditional Agriculture (Transformando la Agricultura Tradicional), Schultz argumenta que son las nuevas tecnologías y la capacidad de gestión, más que los insumos tradicionales como tierra y capital físico, lo que permite incrementos sustentables de productividad.

Procesos decisorios

El cerebro humano sigue siendo un gran misterio. En efecto, y en relación con sistemas agrícolas, entendemos solo parcialmente como se toman las decisiones de adopción de nuevas tecnologías, de inversión, de diversificación o de asignación de recursos o esfuerzo gerencial.

A modo de ejemplo. Desde hace algunos años, en diversos ámbitos se realizan valiosos estudios sobre “brechas productivas”. Al respecto, las evidencias muestran que existen brechas significativas entre productores. Los estudios de “brechas” son importantes, sin embargo, las preguntas que quedan por responder son: ¿cuánto de esta diferencia se debe a procesos decisorios subóptimos? y ¿cuánto al (correcto) ajuste del productor a precios relativos? Ejemplo del primer tipo sería el desacople entre fecha de siembra y la correcta elección según recomendaciones técnicas, o fallas en la dosis o momento de aplicación de un insecticida. Ejemplo del segundo tipo es ajustar el uso de fertilizantes como consecuencia de relaciones de precio insumo-producto desfavorables, o como ajuste a riesgo de baja respuesta por condiciones de humedad adversas en el período crítico del cultivo.

Un trabajo realizado analiza el tema de brechas de productividad comparando rindes de cultivos de productores pertenecientes al movimiento CREA con los rindes promedio del partido al cual pertenecen las respectivas empresas CREA. Se observa que en todas las regiones, salvo una, las brechas de rinde del cultivo de maíz varían entre 5 y 8 por ciento. En el cultivo de trigo, sin embargo, estas brechas toman valores de entre 12 y 30 por ciento, alcanzando en un caso casi 40 por ciento. ¿Qué razón explica las muy diferentes brechas tanto entre zonas productivas como entre distintos cultivos ubicados en una misma zona?

Diferenciales de rinde como los mencionados pueden deberse a múltiples factores: fallas en el ajuste de sistemas productivos, diferencias en la “calidad” del recurso tierra, diferencias del planteo de rotación y aún diferencias en la tolerancia al riesgo implícito en, por ejemplo, intensificar uso de fertilizantes. Sin duda, el análisis de brechas productivas constituye un importante aporte al estudio de sistemas agrícolas que puede continuarse con indagación de aspectos como los mencionados.

Errores sistemáticos o “sesgos decisorios”

El análisis de problemas como los anteriores es tema central en el área conocida como la economía del comportamiento. La misma centra la atención en comprender cómo los incentivos económicos, la información y las características psicológicas de los individuos se combinan para generar decisiones

Existe abundante evidencia de algunos de los errores sistemáticos (“sesgos” en la jerga de los psicólogos cognitivos) que cometemos al analizar situaciones que requieren una decisión. Por ejemplo, según el “sesgo de disponibilidad” damos demasiado peso a información reciente, en especial si esta está asociada a eventos que quedan fuertemente grabados en nuestra memoria. Así, la probabilidad de granizo puede ser sobreestimada si el año pasado hubo daños por granizo. A su vez, el “sesgo de confirmación” nos lleva a buscar información o evidencia en forma selectiva, siendo entonces propensos a aceptar sin mayor cuestionamiento aquello que concuerda con nuestras creencias, y rechazar o someter a análisis minucioso aquello que contradice lo que pensamos.

Un tercer sesgo es la propensión a ponderar separadamente ganancias y pérdidas, en lugar de analizar el impacto conjunto de las mismas. Por ejemplo, en caso de variabilidad climática, dar más peso a la caída de rinde en un lote que al aumento logrado en otro, aún cuando el resultado promedio de ambos haya sido favorable: “la sequía en el lote 7 me arruinó la campaña”.

Un aspecto central de los procesos decisorios radica en cómo combinar creencias basadas en la experiencia anterior con la nueva información (“señales informativas”) obtenida de asesores, análisis de fertilidad de lotes, informes meteorológicos etc. (Figura 2). ¿Cuánto peso dar a cada una de estas fuentes de información?.

Acá el desafío es ponderar las diversas fuentes de información de manera correcta: en particular modificar creencias pre-establecidas (“creencias a-priori”) en función de la confiabilidad (o “verosimilitud”) de los nuevos mensajes que se reciben.

Lo anterior es fácil de decir, pero no tan fácil de llevar a la práctica en forma efectiva. Por ejemplo, si bien existe un consenso generalizado sobre la conveniencia de realizar análisis de suelo previo a la fertilización, existe mucho menos consenso sobre cómo de confiables son los resultados de análisis para llegar a recomendaciones que contemplen relaciones de precio, variabilidad climática, situación financiera del productor y otros aspectos.

Reflexiones Finales

Estudiar la forma en se toman decisiones resulta un importante desafío para todos aquellos interesados en la economía de los sistemas de producción agrícolas. Cómo se detectan desequilibrios, cómo se accede a información para reducirlos y cómo se adquiere conocimiento para llevar a la práctica diversos planes son algunos de los aspectos a analizar.

Comprender la economía de la empresa implica “ir más allá del margen bruto” y de la elaboración de planillas de cálculo. Requiere el desarrollo de capacidad de observación y juicio crítico. Y combinar correctamente intuiciones basadas en la experiencia con nueva información de muy diversas fuentes. El área de la economía del comportamiento resulta un punto de partida útil.